Pasado los años he entendido que muchas personas de una u otra manera han tenido que lidiar con sus monstruos y el hecho de poder compartirlo, rompiendo la pesada losa del silencio, me ha llevado a desvictimizarme, aceptarme y quererme.

Cómo me convertí en nada.

Mi padre abusó de mi por primera vez sobre los cinco años.

De ello solo me quedan recuerdos difusos, a diferencia de los que tengo de las vacaciones de Semana Santa de mis diez años.

La casa de verano

Estábamos solos en la casa de verano, el resto de la familia no vendría hasta pasados cuatro días.
La experiencia me había enseñado que quedarme a solas con él conllevaba hacer “cosas” que me llenaban de asco.
Tenía el miedo metido dentro y no paraba de sollozar. Intuía que en cualquier momento me pediría lo que no quería dar.

No paraba de quejarme de dolor de barriga, supongo que la ansiedad se había metido en este rincón.
Para calmarme, en lugar de buscar la causa del mareo y nerviosismo, me dió para beber medio vaso de agua con “Agua del del Carmen”(55 º de alcohol) y me obligó a meterme en su cama.
Recuerdo, debido a los efectos del alcohol, que al principio creía que era un sueño, pero el asco me devolvió a la realidad, un asco sobre todo hacia mí, por no tener la entereza, ni el valor para decir que no a la violación.

Aún ahora, al recordarlo, puedo revivir el dolor de la podredumbre que sentí en mi interior.
Todo estaba roto…

Esos cuatro días fueron suficientes para dejar de ser y convertirme en su sirvienta, amante, confidente, cómplice…

Era su derecho, por ser suya y no ser nada.

Empezaba una nueva realidad, una nueva versión de mí que fue dibujando sin piedad,  perfecta para su ego.
La acepté sin rechistar llenando día a día de miedo y  culpa.
Era su derecho, por ser suya y no ser nada.

Convivir con ello no ha sido fácil. Romper con ello tampoco.

Pasado los años he entendido que muchas personas de una u otra manera han tenido que lidiar con sus monstruos y el hecho de poder compartirlo, rompiendo la pesada losa del silencio, me ha llevado a desvictimizarme, aceptarme y quererme.

He dejado de odirame

SÍ a quererme. Mientras lo escribo,  aún siento que es una ensoñación, he dejado de odiarme, me he aceptado y quiero y siento que quiero quererme.
Debo agradecerlo, primero a mí misma por el momento que decidí romper con el silencio y después a muchas personas queridísimas que desde su sensibilidad han estado inyectándome, amor, paciencia, sabiduría…y la posibilidad de poder hablar.

Gracias Latifa
Ange Bleu

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