La respuesta es NO SIEMPRE.

El hecho de que el propio abuso sexual sea un acto moralmente reprobable y enjuiciable no implica que todos/as aquellos/as que lo viven deban padecer efectos traumáticos a largo plazo.

La vivencia de la experiencia

Muchos de los estudios que se han hecho respecto a este tema en los últimos años, suelen incluir en la misma categoría de análisis vivencias tan distintas como el abuso sexual repetido de un/a niño/a de pocos años, la relación consentida entre un/a menor y un adulto, el abuso por parte de un/a familiar hacia un niño/a o unos tocamientos, generalizando así un fenómeno que es, como la propia naturaleza de las personas, individual y sobre todo, única. 

Del mismo modo, cabe la posibilidad de confundir las frecuentes reacciones iniciales y pasajeras de estupor, temor, culpa o vergüenza con el efecto traumático a largo plazo.

Existen casos de personas que se desenvuelven con normalidad a pesar de haber sufrido abuso, ya sea por el hecho de haberlo vivido como una experiencia en su vida más o menos negativa, o por la ausencia o presencia de diferentes variables que se explican a continuación (Revisión de Agustín Malón del 2008).

Estudios que hacen referencia a las consecuencias de un ASI, demuestran que no hay un patrón de síntomas único, y sí una extensa variedad de síntomas en estas víctimas o incluso ausencia de estos.

Es decir, no todas las personas reaccionan de la misma manera frente a la experiencia de victimización, ni todas las experiencias comparten las mismas características.

Echeburúa y Corral (2006) consideran que el impacto emocional de una agresión sexual podría estar modulado por cuatro variables: el perfil individual de la víctima (estabilidad psicológica, edad, sexo y contexto familiar); las características del acto abusivo (frecuencia, severidad, existencia de violencia o de amenazas, cronicidad, etc.); la relación existente con el abusador (a mayor grado de intimidad emocional, mayor impacto para el menor), y las consecuencias asociadas al descubrimiento del abuso (reacción del entorno, dudar del menor, ruptura de la familia, proceso judicial, etc).

La práctica clínica nos muestra la existencia de dos posibles moduladores más, las consecuencias de la manipulación y el silencio (culpabilidad, sentimiento de cómplice, pérdida de identidad por parte del menor, disociación, falta de autoestima, etc) y la significación particular que cada persona le da al abuso (cómo se le explica al/la menor, cómo lo entiende, qué palabras se han empleado para entender lo sucedido, cómo ha tratado el dolor (negándolo, evitándolo, instalándose en el…)) .

Recordemos que las consecuencias más negativas suelen estar asociadas a la imposición del secreto con todo lo que esto conlleva: sentirse culpable por colaborar con el/la abusador/a, mantener el silencio… que hace que recaiga sobre el menor una responsabilidad que no le pertenece y que le genera este fuerte sentimiento de culpa y complicidad difícil de gestionar.

Por eso, es fundamental una buena educación sexual, estar atento a cualquier señal, no dudar de un testimonio de un menor y desresponsabilizarlos para rebajar la culpa.

Desculpabilizar y empoderar

Es importante apostar por una perspectiva que nos permita desculpabilizar y empoderar a los/as supervivientes en lugar de perpetrar su victimización, abordando la complejidad del fenómeno evitando interpretaciones y mensajes simplistas y catastrofistas.

Ângel Blau trata de no encerrar a la persona en su condición de víctima. Es más, la finalidad es, tratar de que esa persona deje de serlo. Desde esta perspectiva, siempre tendremos que creer que es posible que la víctima pueda ver una salida. Naturalmente, nunca podemos estar seguros de que lo consiga, pero si dudamos de esta posibilidad, estamos seguros de que la ayuda fracasará.

Latifa Bennari, fundadora de Ângel Bleu reivindica en su libro “El final de un silencio. La pedofilia, un enfoque diferente” que está en contra del discurso extendido que pretende que la atrocidad más grande sea la violación y que, en consecuencia, una víctima de violación podría quedar destruida para siempre. Desde la perspectiva de una víctima, este discurso, afirma Latifa, solo sirve para dos cosas: primera, para prolongar el sufrimiento de esas personas al mantenerlas en su condición de víctimas; la segunda, para promover el desconcierto y la angustia de sentirse diferentes a esas otras víctimas que han logrado pasar página y cuyas emociones no se corresponden con este discurso determinista.

Por último, tener presente que la posible ausencia del daño no es argumento suficiente para la tolerancia.

La experiencia de abuso sexual infantil no tiene por qué definir toda una vida, siempre se puede trabajar para desvictimizarse y seguir adelante.

Si crees que podemos ayudarte o tienes cualquier duda puedes llamarnos al ☎ 93 642 53 81, o envíanos un correo a info@angelblau.com.

 

Artículo escrito por  Gemma Font (ÂngelBlau) y la psicóloga Cristina Castells (voluntaria en ÂngelBlau)

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