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Aprendí a reírme otra vez

By 6 marzo, 2023septiembre 26th, 2023No Comments

Aprendí a reírme otra vez

«Fue como una ola gigante, arrasó con todo y me dejó desnuda frente al mar. ¿Pero sabes? Sé bien qué es vivir, no hay

tiempo para odiar a nadie, ahora se reír.”

Llevo más de cuatro años deshaciendo, rehaciendo mi vida y luchando contra las secuelas de lo vivido en la infancia.

Antes habría dicho que fui feliz durante mis primeros años, ahora soy consciente del daño recibido y cómo los adultos, esas personas que creemos héroes cuando somos niños, me arrebataron mis derechos y me enseñaron a vivir con miedo constante. Crecí entre gritos, discusiones y faltas de respeto diarias.

Mi padre es una persona violenta física y verbalmente.

El primer recuerdo de él es insultándome cuando yo tenía 3 años por haber ensuciado la cocina fruto de la curiosidad de una niña. Vivíamos bajo tensión intentando evitar sus ataques de furia, pero nada lo conseguía.

Delante de los demás era otra persona, aunque sabíamos lo que esperaba al llegar a casa sólo con su mirada.

Gracias a mis abuelos llegó una vía de escape. Alquilaron una casa en una aldea y allí pasabamos las vacaciones de verano con ellos, mis hermanos y mi prima mayor.

Mis padres sólo venían los fines de semana, nosotros pasabamos los días jugando entre montañas. Los 3 meses de verano eran el paraíso.

Y así jugando fue como ocurrió.

Yo tendría 6 años y mientras estaba con mis amigos apareció. No recuerdo cómo, pero me sentó en sus rodillas y decidió cambiarme la vida. Me habían enseñado a callar y obedecer sin protestas.

Mi cuerpo se paralizó ante algo desconocido. A pesar del dolor apreté los dientes y aguanté.

Me hizo daño, pero no le pareció suficiente, así que me propuso vernos más tarde en susurros.

Paró cuando mi abuela nos llamó para comer, salí corriendo cuando noté que se asustaba. Ella extrañada al verme desde lejos sentada con él me preguntó si me había hecho algo. Lo dijo muy seria, como nunca me había hablado, me asusté más todavía, pensé que estaba enfadada conmigo y le mentí.

Desde aquel momento me escondía cuando sabía que estaba en la aldea. Afortunadamente venía 3 o 4 veces durante el verano y cuando veía su moto me metía en casa. Nadie se enteró de nada y así viví el primer abuso sexual infantil.

Un par de años después pase un momento de angustia horrible cuando volviendo de una excursión con mi abuelo y un amigo suyo decidieron parar a tomar algo para refrescarnos. Como no nos estábamos quietos nos enviaron al coche. Entonces lo vi en el bar y cuando llegamos al vehículo cerré todos los pestillos. No tardó nada en salir y acercarse. Cuando comprobó que estaba cerrado nos pidió que abriésemos las puertas. A pesar del terror conseguí convencer a mis amigos y no logró entrar.

Años más tarde ocurrió por segunda y última vez. Estábamos jugando en la fuente de la aldea. Sólo había un camino estrecho de entrada y salida, intenté escaparme, pero volvió a sentarme en sus rodillas.

Uno de mis amigos se dio cuenta de lo que pasaba, con solo 8 años su reacción fue burlarse. Pensó que lo podían delatar se asustó y aproveché para salir corriendo y no mirar atrás. No he vuelto a verlo, aunque su rostro y su voz están grabados en mi memoria.

Esa misma noche fue la unica vez que hablé con mi mejor amiga de la aldea sobre lo que había pasado. Ella no había estado presente, aunque el niño que lo vio seguía burlándose horas después, así que no recuerdo cómo, le explique algo.

Esa segunda vez con 11 años fui más consciente de lo sucedido y como mi instinto de protección me había salvado de pasar por aquello más veces.

Soy asmática desde pequeña y mi primera crisis fue poco después del primer abuso, seguramente debido a un ataque de ansiedad por la tensión que me generaba saber que estaba allí.

Me incomoda que me toquen el pelo, alguna vez he tenido sobresaltos cuando alguien me habla al oído en susurros. Mi cuerpo se paraliza ante el miedo y tengo calambres cuando me enfrento ante algo desconocido para mi.

Así llegue a la adolescencia, siendo todo lo consciente que se puede ser con esa edad y en aquella época de lo que había pasado. intenté contarle a mi persona de confianza, una de mis hermanas mayores lo sucedido, ella encontraría la solución.

Me conocía bien y a menudo me preguntaba qué me pasaba, pero no pude.

Tengo dos momentos grabados en mi memoria porque creí que lo habrían cambiado todo: cuando mi abuela y mi hermana en momentos diferentes y con años de por medio me preguntaron si estaba bien y yo dije que si, mientras mi mente les intentaba explicar cómo había ocurrido, por qué me sentía sucia, rara, por qué no confiaba en nadie y no podía tener amigos.

Las cosas en casa se complicaron. Dejamos de ir a la aldea porque mi abuela enfermó y viví uno de esos momentos tan dolorosos que no olvidas nunca. Mi padre en uno de sus ataques de cólera le dio un bofetón a mi madre cuando mi hermano pequeño y yo estábamos en casa. Ella empezó a llorar y a gritar, la vi casi sin levantarse arrastrase por el suelo correr y esconderse en su habitación. Mi hermano y yo hicimos lo mismo en la nuestra e instantes después apareció para ver cómo estabamos. Yo sólo vi un demonio frente a mi.

Poco después llegó el momento más difícil de mi vida. Mi hermana murió en un accidente de tráfico con 19 años cuando yo tenía 14. Recuerdo la cara de mi madre cuando volvió de reconocer el cuerpo de su hija y un escalofrío de miedo recorrió mi cuerpo al ver tanto dolor en el rostro de la persona que empleaba todas sus fuerzas y energías en sacar adelante a sus 4 hijos y ahora había perdido a uno de ellos. Entendí, al mirarla, lo que nos esperaba, pero no tenía ni idea de lo que venía.

Durante meses despertaba llorando todos los días al darme cuenta que la pesadilla era real, mientras sentía como lo único que me había sostenido de los abusos ya no estaba. Su amor, su cariño, su admiración, veía cosas en mi que yo no era capaz, ella era mi pilar y se había ido.

Mi madre intentaba encontrar ganas de seguir adelante, pero sus ojos llenos de lágrimas contenidas decían lo contrario. Mi hermana mayor se distanciaba, mi hermano pequeño se llenaba de manías y obsesiones incontrolables, mi abuela materna no aguantó tanto dolor y 3 años después nos dejó también. Decidí ahorrarle algo de sufrimiento a mi familia y callar para siempre mi agonía, mi persona se había ido y con ella mis esperanzas de deshacerme de aquello.

Así que lo encerré bajo llave en un rincón de mi memoria donde pensé que jamás despertaría.

Durante esos años el único salvavidas fueron mis tios maternos y mis primos. intentaron de todas las maneras posibles que aquello fuera más llevadero. Mi prima mayor intentó que hiciera vida de adolescente y me llevaba con ella a todas partes, pero mientras oía a sus amigos reirse y disfrutar de esa etapa, mi mente estaba a kilómetros de distancia intentando asimilar. Asi pasé años, fue tan duro callar que cuando cumpli 19 años la vida dejó de tener sentido para mi, pero no encontré valor para ponerle fin y con 21 llego mi primer amor.

Era el mejor amigo de mi hermano, se quedaba en casa a menudo y una noche, desde la habitación de al lado lo escuche reír a carcajadas. Me enganche a su risa , me hizo recordar las risas con mi hermana, cuando solo parábamos porque me daba una crisis de asma y ella se asustaba.

Poco después de aquella noche empezamos a salir y mi vida recupero el sentido. No recordaba cómo ser feliz, la felicidad de mi pareja era la mía y así vivimos años muy felices, yo dedicada a él en cuerpo y corazón. El comienzo fue difícil, nuestra relación avanzó y yo temblaba cuando él se acercaba a mi, por amor superé todas las barreras.

Las cosas en casa seguían igual. Mi hermana mayor se fue de casa y cada vez se alejaba más, mi hermano alimentando sus manías, mi madre trabajando dentro y fuera de casa, mi padre con sus gritos y desprecios.

Con 28 años me casé y los primeros meses fuera de casa fueron increíbies, sin gritos, ni discusiones, nada me alteraba y encontré paz durante largo tiempo. Tenía bajones que no comprendía, duraban poco porque vivía en una burbuja donde creía que nada ni nadie volverían hacerme daño.

Decidimos que había llegado el momento de ser padres, tardó pero llegó. El embarazo fue la etapa más bonita de mi vida.y cuando mi bebé llego a mis brazos entendí que mi vida ya no me pertenecía.

El mejor momento del día era el biberón de las cuatro de la mañana. Sólo estabamos él y yo, el mundo descansaba mientras el crecía por segundos y yo repasaba cada noche los cambios respecto al día anterior. Veía como se agarrarba a la vida por como cogía el biberón y empecé a recordar como tuve que agarrarme yo, como me protegi y me defendí sola.

No fue hasta años después cuando poco a poco todo lo que me había dado estabilidad empezaba a perder fuerza.

Yo era una persona que vivía por y para los demás, no sabía poner límites ni decir que no. Necesitaba el orden y la limpieza hasta convertirse en una obsesión, era la única forma de limpiarme, porque seguía sintiéndome sucia y culpable. Buscaba la perfección en todo como penitencia por mis errores, por no defenderme lo suficiente.

La ansiedad comenzó cuando llegaron los primeros temores de que mi hijo viviera lo mismo si no controlaba en todo momento dónde estaba y cuando me di cuenta que con solo un pequeño descuido podría pasar empecé a encontrarme peor. Fue a más y por primera vez acudí a terapia con una psicóloga. Tenía claro que no quería medicación aunque mi problema iba en aumento, ya no dormía casi y mi cabeza no paraba. No sabía que tratar, expliqué que no había superado la muerte de mi hermana.

Ese mismo año habíamos incinerado sus restos, después de años enterrada y ese proceso me removió todo más, también hablé de la relación tan complicada con mi familia, sobre todo en la infancia.

Llevaba varias sesiones cuando decidí contar el abuso. No sabía porqué, pensaba que estaba bajo llave y no molestaba, pero lo hice para que la psicóloga me conociera mejor. Recuerdo que cuando terminé me dijo: “Esto lo hablaremos con calma en las siguientes sesiones” y me fui de allí pensando por qué quería seguir hablando de esto si estaba controlado.

Justo poco después de empezar la terapia retomé la relación con mi amiga de la infancia, la cual corté cuando murió mi hermana por vergüenza y miedo a que sacará el tema de lo poco que yo pude explicarle en su momento.

Y después de meses de terapia un día me armé de valor y le pregunté a mi amiga si recordaba lo que le había dicho, ella no se acordaba de nada, pero me dijo el nombre de esa persona y mi caja de pandora explotó. Fue escucharlo y en ese mismo instante volví a tener 6 años, su rostro olvidado volvió a mi memoria y de vuelta a casa me di cuenta que había llegado el momento de enfrentarme a mi mayor temor y ya nada volvería a ser igual, cayo la venda de mis ojos, comence a ver la vida y mi mundo de otra manera.

Los primero días fueron peores que volver a la depresión donde estuve sumida en la adolescencia durante años. No sabía qué hacer, dónde acudir ni por dónde empezar con aquel puzzle en el que me había convertido.

Escuché la historia de una chica que comparaba el ASI y sus secuelas como un armario donde vas acumulando toda la basura, aparentemente todo está limpio y en orden, pero un día explota, todo huele a podrido, te das cuenta de todo la suciedad que has almacenado y no sabes por donde empezar.

Por primera vez en mi vida empecé a escucharme, seguía con la terapia y eso me ánimo para abrirme a otras personas.

Escuchaba, como siempre, pero de vez en cuando compartía pequeñas dosis de información sobre mi, me di cuenta como me ayudaba casi más que la psicóloga. Primero fue alguien con la que pasar tiempo durante los entrenamientos de fútbol de los niños, poco tiempo después casi sin darme cuenta se había convertido en una gran amiga, la primera en años. Después una compañera de trabajo, una antigua amiga del colegio, mi amiga de la infancia, con ellas descubrí como me ayudaba escucharlas y abrirme.

Cuando cogí algo de confianza pensé que había llegado el momento de ayudar a los demás, empecé en un grupo de ayuda mutua para adultos que habían vivido ASI, cuando terminó la primera sesión pensé no volver, era demasiado duro, pero lo hice y allí conocí a mi mejor amiga, alguien que me hizo levantar la vista del suelo, sabía ponerle palabras a lo que sentía, devolvió el ruido en mi cabeza y acabo de despertar en mi la fuerza que no encontraba. Durante meses buscamos juntas formas de superar aquello sin acabar con medicación hasta las orejas y las encontramos, yo ponía a prueba su paciencia con mis continuas dudas y ella desmontaba mi vida enseñándome lo equivocada que había estado.

Gracias a la fuerza recibida por cada una de las personas que conocí en el GAM, le conté a mi familia y a quién se había ganado mi confianza la experiencia con el ASI, pero pasé de vivir en silencio toda una vida, a sentir que tenía que dar explicaciones de lo vivido, del porque de mi silencio y hasta porque necesitaba romper con todo, me excedí, fue innecesario, me hizo perder el control y mucho daño.

Terminé la relación con mi pareja, casi 20 años juntos y en unos meses lo destrozamos todo, llegue a ver la cara de mi abusador en él mientras manteníamos relaciones.

Fue un proceso largo, extremadamente doloroso y casi acaba con los dos.

Durante meses perdí la cabeza, me di cuenta que lo que más había odiado en mi vida y que creía haber vivido como algo insolito, ocurría muy frecuentemente y demasiado cerca de mi para poder soportarlo.

Me alejé de mi famiiia, fue tanto tiempo pendiente de ellos, intentando que no sufrieran, viendo como seguían destrozandose con peleas y gritos, intoxicados de odio, no me di cuenta hasta 30 años después, cuando abrí los ojos lo que me afectaba a mi.

En medio de aquel tsunami apareció una persona que con solo escuchar su voz me devolvió la calma. Me ha demostrado ser la mejor compañía para la siguiente etapa, por su apoyo, su amor constante. Gracias a los límites estabiecidos en esta nueva relación, a las críticas constructivas, al esfuerzo y a la paciencia por aprender a comunicarme ya no soy capaz de esconder lo que me molesta o me duele. Juntas hemos sanado heridas, mantenemos una relación sana, aprendemos de los errores, es un aprendizaje diario enriquecedor.

Ya no soy la persona complaciente, ni anulada que me sentí durante tanto tiempo.

Han sido años duros y quiero aprovechar para pedir perdón a cada persona que haya herido por no haber sabido hacerlo mejor en su momento.

He logrado encaminar mi vida hacía quién quiero ser, nunca me rendiré, a mi ritmo y desde el tono perfecto, ni muy alto ni muy bajo consiguo lo que necesito solo con escucharme.

He conseguido perdonar para quitarme la carga del rencor y el odio que solo me hacia daño y alimentaba mi sensación de culpa. He recuperado mi autoestima, he cambiado de una forma brutal mi manera de hablarme y tratarme, hoy en día soy mi mayor apoyo.

Me doy y le doy a cada persona su sitio según actúan conmigo.

He recuperado mi voz y mi risa, gracias a tod@s los que han luchado conmigo y siguen a mi lado.

Sé que lo que he conseguido, no es fácil y estoy tremendamente orgullosa de mi misma. Soy una mama increíbie, palabras textuales de mi hijo, una pareja irrepetible, una amiga única, una persona en quién poder confiar. Ahora si, me doy en cuerpo y ALMA, sin olvidar que lo más importante soy yo.

Así que yo también he vuelto a confiar en los demás, por eso creo que tod@s tenemos un valor interior que puede superar cualquier obstáculo sin tener que hacerle daño a nadie. Pedir ayuda, escuchar y romper el silencio fue la mejor decisión.

Hoy me siento: “Libre, como el ave que escapo de su prisión y puede al fin volar”

Por fin se lo que es la libertad, lo único que he pedido y pido a la gente que me ama.

De tu gordi.

Mº Angeles.»

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